Tercer Pinito

Os pongo en antecedentes. Estoy jugando (cuando puedo por cosas del cuadrante) una campaña de Hombre Lobo: El Apocalipsis. Mi personaje es un Caminante Silencioso. Estamos en un Túmulo Fianna en Irlanda. Una de las pruebas del ritual al que nos someten es contar una historia épica sobre hombres-lobo.

Aquí está la mía. Como siempre, espero que os guste y cualquier comentario será bien recibido. Y los positivos más aún😛 .

El Sabueso de Chulainn

Cinco fueron los supervivientes de la matanza de Cló Gaellach. Cinco orgullosos miembros de la nación garou y de ellos, cuatro hijos de la bella Eire. Fueron Ferdiad Hacha-en-el-Viento, orgulloso guerrero venido del frío norte; Duncan Mac Nóis, noble hijo del señor del Túmulo del Vado de Cooley; Por-Delante-de-la-Tormenta, rápido como el viento y silencioso como una sombra; Connor Mac Láeg, con mucho humor y poco dinero; y el primero entre iguales, Cúchulainn, el Sabueso del Ulster. Se dirigían al túmulo del padre de Lugaid, a un día de distancia, para preparar la defensa. Los fomori y sus huestes, no satisfechos con destruir todo a su paso, pretendían profanar los pocos lugares sagrados que había en el norte.

 Al caer la noche, cruzaron el vado del Cooley, frío tras el reciente deshielo, y después de atravesar un estrecho desfiladero, llegaron por sorpresa a un pueblo cuyo nombre no quedó registrado en la memoria de nadie. Se trataba de un poblado pequeño, de una docena de casas, de muros redondos de piedra y techo de paja. Sólo dos casas destacaban, una más grande que las demás –la del jefe del poblado–, y otra un poco alejada y cuadrada –la del druida–. Poco suponían esos hombres que el grupo que guerreros que entraba al poblado, eran hombres lobo. Tal vez por ello los miraban con un poco de recelo, pero no mucho más del que tendrían con un forastero normal.

 Ante este inesperado encuentro los valientes garou se miraron entre ellos. Este poblado sería pasto de las llamas si no hacían algo para evitarlo, pero no llegarían a tiempo al túmulo. Si se dirigían al túmulo, abandonarían a esos hijos de Eire a un destino peor que la muerte. Todos necesitaban descansar, así que esa decisión se debería tomar a la luz del sol. Al menos eso creían todos menos Por-Delante-de-la-Tormenta.

 —Cúchulainn, ¿no pretenderás que nos quedemos, verdad? Es una locura. El ejército que no sigue nos supera en una proporción de ciento sesenta a uno. Es una locura, de verdad.
—Somos garou. Si hemos de morir, que sea con honor en una batalla gloriosa —dijo Ferdiad.
—No hay honor en participar en una batalla perdida de antemano, ni gloria en una muerte inútil —respondió Por-Delante-de-la-Tormenta.
—Es lógico que creas eso. Los de tu tribu sólo corren delante de los enjendros del Wyrm —se burló Ferdiad mientras reía. Por-Delante-de-la-Tormenta se convirtió en crinos mostrando su esbelto cuerpo y su negro pelaje. Gruñó mientras se preparaba para atacarle, hasta que terció Cúchulainn para evitar muertes innecesarias.
—Ferdiad, gracias a Por-Delante-de-la-Tormenta, tienes enemigos que matar. Te trae fomori hasta saciarte. Si no fuera por él, ¿contra quién combatirías? Y Por-Delante-de-la-Tormenta, si no hacemos algo, a los lugareños los convertirán en fomori, y tendremos más enemigos sin necesidad. —el Caminante Silencioso volvió a su estado natural algo más calmado, pero seguía en sus trece.
—Es una locura quedarse.
—Duncan —preguntó Cúchulainn—, ¿tú qué opinas?
—Me demostraste que tienes sangre más noble que muchos reyes que conocí. Contigo, hasta la muerte o la gloria.
— ¿Y tú, Connor?
—No quiero morir tontamente, pobre de mí.
—Cúchulainn —Por-Delante-de-la-Tormenta le puso la mano en el hombro mientras le miraba a los ojos—, como siempre, tú decides. El alfa de la manada es un cargo que muchos quieren pero pocos aguantan. Yo me voy a dormir.
—Tú y todos. El druida es un Pariente, nos dará cobijo. Id ahora. Yo os seguiré enseguida.

 Cúchulainn se adentró en bosque cercano, y en un claro situado en el centro, encontró un roble grande y fuerte. Se sentó a su pie, y mirando la luna empezó a pensar. Por-Delante-de-la-Tormenta lo dijo bien claro: ciento sesenta a uno. Si se marchaban, los supervivientes serían convertidos en fomori, aunque el túmulo tendría tiempo de preparar la defensa. Pero si no se iban, los que quedasen vivos de la manada que no pudiesen huir —Gaïa no lo quisiera— serían convertidos en Danzantes de la Espiral Negra, y con suerte se podría dar aviso al túmulo. Conocía al capitán del ejército fomori, Lugaid. Pese a seguir al Wyrm, aún respetaba las tradiciones. Invocaría el derecho a duelo singular en el vado, y rogaría a Fianna para que le diese fuerzas para poder luchar con todo el ejército, aunque fuese de uno en uno. Mientras pensaba en esto, vio como un ciervo blanco atravesaba el claro, confiado. Se paró mirándole a los ojos y siguió su camino. Cúchulainn lo interpretó como una señal de que estaba tomando la decisión correcta.

 A la mañana siguiente, Cúchulainn estaba en la entrada del desfiladero con su lanza, Gae Bolg, en mano. El resto de la manada, vió cómo los lugareños empezaban a marcharse del pueblo en carros cargados con sus pertenencias. Ferdiad sonrió contento. Se quedaban. Cuando se acercaron, Cúchulainn les habló con una seriedad y un pesar que entristecería al ragabash más inspirado.

 —Hermanos. Ha llegado el momento de la despedida. No os puedo pedir que me acompañéis en esta ordalía. El final será demasiado horrible como para obligaros a estar a mi lado. Adiós, sin más.
—Ferdiad Hacha-en-el-Viento no abandona a sus camaradas. He sangrado por Gaïa, sangraré ahora por ti.
—Duncan Mac Nóis no será el primer Colmillo Plateado que no cumple con su deber. Me mantengo en mi palabra. Contigo, hasta la muerte o la gloria.
—Hoy es un buen día para morir. Me faltará riqueza pero me sobra honor. Connor Mac Láeg, del clan Láeg combatirá y morirá a tu lado.

Y todos se quedaron mirando a Por-Delante-de-la-Tormenta.

 —Ciento sesenta a uno es una locura. Adiós, sin más —y emprendió el camino en dirección contraria a la batalla.
—Cobarde —escupió Ferdiad.
—Es un Caminante Silencioso —dijo Cúchulainn—, no pierden el tiempo hablando pudiendo actuar.

 Y los cuatro hijos de Eire se pusieron en la entrada del desfiladero justo delante del vado. Y allí estaba el ejército más horrendo, más cruel y más depravado visto hasta entonces. Cúchulainn, delante de todos, buscó con la mirada a Lugaid. Sus ojos se cruzaron con los del fomor, y entonces lanzó el desafío.

 —Soy Setanta, más conocido como Cúchulainn. Por las antiguas tradiciones, invoco el derecho de duelo singular.

 Todos los fomori rieron a carcajadas, pero Lugaid no. Aceptó el desafío para sorpresa de todos, quedando él el último. Y sin más tardanza, empezó la defensa del vado. Cuatro garou, exterminando con sus garras, klaives y lanzas a todo fomor que se les acercaba. Poco a poco la tierra se iba bañando en sangre, las aguas del río bajaban teñidas de carmesí y el viento arrastraba el olor a muerte. Cúchulainn y los suyos luchaban con una ferocidad nacida de la decisión. Todos ellos eran conscientes de que estaban allí porque era su deber, porque era lo correcto y porque era por lo que Gaïa los creó.

 A media tarde, la manada estaba llena de heridas. Casi todos tenían dificultades para ponerse en pie, salvo el Perro de Chulainn, que se ató a una roca para no caer de rodillas. Sin embargo, los fomori eran cada vez más y más. Nadie diria que la montaña de cadáveres que estaban a los pies de los garou eran del ejército allá presente, sino que ya estaban allá antes de empezar la lucha. Lugaid se acercó desafiante a Cúchulainn.

 —Pobre idiota. Disfrutaré viendo como te retuerces y pierdes la cordura mientras ves a los tuyos convertirse en los nuestros. ¿De verdad pensabas que cuatro garous se podrían enfrentar a un ejército de ochocientos fomori?

 En aquel momento, alguien señaló hacia el desfiladero. Encima estaba la figura estilizada de un crinos de pelaje negro manchado de blanco por la sal del sudor. Jadeando alzó los brazos y acto seguido, cien hombres-lobo aparecieron a ambos lados.

 —Cuatro no, pero ciento cinco sí. ¡Garou, por Gaïa, por Eire y por Cúchulainn! —gritó Por-Delante-de-la-Tormenta mientras cargaba por la vertiente del desfiladero delante de los guerreros del túmulo del Vado de Cooley. El retumbar de esos ahrouns llenos de rabia al ver lo que pasaba, se notaba en las entrañas más que escucharlo por los oídos, y por primera vez en mucho tiempo, Lugaid tuvo miedo.

 Deberíais ver cómo luchaban, y Por-Delante-de-la-Tormenta el más salvaje de todos. Incluso Ferdiad tuvo que admitir que se comportó casi como un Fenrir. Los fomori caían como hojas secas ante un vendaval, como guijarros ante un rio embravecido, como el trigo ante la guadaña, como un conejo ante un lobo hambriento. Y mientras la masacre se llevaba a cabo, Lugaid y Cúchulainn se enfrentaban en duelo singular. Parecía como si alrededor suyo el mundo fuese a otro ritmo, pero mientras que Lugaid estaba fresco, Cúchulainn estaba cansado y herido. Y eso le supuso su muerte.

 Si alguna vez el mundo dejó de girar, si alguna vez el mundo dejó de latir, si alguna vez el mundo estuvo en silencio, fue cuando Lugaid clavó su espada en el pecho de Cúchulainn. Todos los garou allí presentes quedaron mudos de impotencia y luego rugieron de ira. Despedazando engendros del Wyrm a su paso, se dirigieron hacia Lugaid con tanto odio que hasta las piedras temblaron de miedo. De Lugaid no dejaron ni el recuerdo. Y mientras lloraban por la pérdida de Cúchulainn, un cuervo se posó en su hombro, graznó y dos ciervos blancos y un oso negro salieron de entre los árboles. Los ciervos pasaron sus astas por debajo de los brazos de Cúchulainn impidiendo que cayese mientras dos ardillas roían la cuerda con la que se ató a la roca y lo depositaron suavemente sobre el lomo del oso, que emprendió el camino por el desfiladero hacia el bosque en el que Cúchulainn pasó la noche anterior. Y tras el oso, sólo le seguían los miembros de la manada del héroe del vado de Cooley. Ferdiad Hacha-en-el-Viento y Por-Delante-de-la-Tormenta en primera fila, y Duncan Mac Nóis y Connor Mac Láeg detrás.

 La comitiva llegó al claro, y vieron como al pie del roble, había cientos de conejos y tejones cavando una tumba. El oso puso a Cúchulainn en el hoyo con tristeza, y los conejos y tejones taparon la tumba de nuevo. Y mientras la manada lloraba de pesar, sólo Por-Delante-de-la-Tormenta, que aguantaba las lágrimas con tanto esfuerzo que parte del pelaje se volvió blanco en dos franjas verticales que salían de sus ojos, vio cómo el roble tapaba parte de la tumba con sus raíces, y cómo las bellotas que asomaban entre el follaje se convertían en oro. Se acercó al roble, cogió una rama con bellotas y se la dio a Duncan.

 —Príncipe, que sea éste tu cetro a partir de hoy. Y que sirva para recordarte que el día de hoy un plebeyo se comportó como un rey.

 Desde ese día, se considera al roble como el árbol de la nobleza. Y fijaos si la hazaña llegó lejos, que hasta los hombres lo consideraron su héroe y aún cantan sus gestas.

Y para información sobre el verdadero Cúchulainn, id donde siempre.

Acerca de Dan_Solo

Blogger errático y sin un tema fijo a tratar. Pongo lo que me apetece (de la forma menos giliborde que pueda) y si a alguien no le gusta, que siga surfeando. No trolls allowed.

Publicado el 2007-08-27 en Leedurias. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Vaya, conocía Vampiro y Mago, pero Hombre Lobo no… y lo que he leído tiene muy buena pinta! Curiosa mezcla de razas y mitologías…

    Pero a lo que iba: me ha gustado mucho la historia, no me cuesta nada imaginar la escena en el túmulo contándola🙂 Y con lo que me mola la mitología celta…

    El detallito freak: ¿sabías que garou significa lobo hambriento en japonés?😉

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