Percy Jackson y la maldición del titán

En la tercera entrega de las aventuras de nuestro semidiós favorito, la historia se oscurece de forma gradual. Y una vuelta de tuerca más a la jodida profecía del fin del Olimpo

Percy, Annabeth y Thalia van a una academia militar en Maine donde Grover ha descubierto dos hermanos mestizos, Nico y Bianca. Salen por los pelos del ataque de una mantícora con la ayuda de Artemisa y sus cazadoras (que siendo además la diosa de las mujeres y la virginidad, no tiene hijas perdidas por ahí). Pero en un giro inesperado de los acontecimientos, la mantícora se lleva a Artemisa y a Annabeth. Adiós al cerebro del gupo.

Percy y el resto junto con Zoe (una cazadora de Artemisa) y Bianca, evidentemente, van en busca de Artemisa antes del cónclave del solsticio de invierno del Olimpo, donde el voto de Artemisa puede cambiar una decisión importante en la guerra contra los titanes. Aparte de ir en busca de la diosa Artemisa y de Annabeth, Percy y los demás también van en busca de un extraño monstruo (extraño según el baremo de los mitos griegos, así que imagina) que Artemisa estaba cazando antes de ser capturada, tan poderoso que podría destruir el Olimpo. Percy recibe el aviso de un hipocampo para que rescate a una especie de vaca marina atrapada en el estrecho de Long Island. Se trata de un taurofidio (una vaca-serpiente), al que Percy llama Bessy (versión inglesa de nuestra Lucera) pese a que es macho. Y entre que va al rescate del ternero-culebra del que no puedes dejar de encariñarte (que mira que es extraño el bicho, guiño, guiño), y los otros llevan a Nico al campamento, quedan en reunirse en Washington.

Para regresar a tiempo con sus compañeros, Percy va a lomos de Blackjack, un pegaso que liberó en el Princesa Andrómeda, llegando a su reunión en Washington D.C. Allá ve a la mantícora en forma humana, y usando la gorra de invisibilidad de Annabeth le sigue hasta el Museo Nacional de Historia Natural. Allá, la mantícora es abroncada por un tipo llamado “el General” quien usa un diente de dinosaurio para invocar unos guerreros esqueleto entrenados para buscar y destruir a quien ya sabemos y a sus amigos. Percy sale por patas hasta el Museo Nacional del Aire y el Espacio para avisarles. Pero en cuanto llega, el museo es atacado por el León de Nemea, que al final (evidentemente) derrotan. Salen por patas y descubren que les persigue un helicóptero, al que despistan en cuanto entran al metro.

Entonces, Apolo les encuentra en la zona de los mercancías y les sugiere una ruta y una forma de llegar a su destino. Al más puro estilo road movie el grupito avanza, y por el camino descubren que Bianca y Nico estuvieron 50 años en el hotel Loto (recordad lo de la primera novela), recibiendo noticias y dinero y etc.. por parte de un misterioso abogado. El tema es que al final llegan a la chatarrería de los dioses, por aquello de atajar un poco para el rescate y eso. Antes de entrar, Ares pilla por banda a Percy y lo encaloma en una limusina donde está Afrodita. La cual, cómo no, está encantadísima del rollete que se tienen Annabeth y Percy, y para hacerlo más bonito dice que lo dificultará. Que los amores sin complicaciones ni son amores ni son nada. Como si seguir con el pellejo intacto fuera fácil para un chaval con Transtorno Hiperactivo de Déficit de Atención, hijo prohibido del dios del mar, perseguido por el secuaz de un titán y con una profecía que dice que cuando cumpla 16 la palma…

Lo importante es que en la chatarrería, donde hay carteles diciendo que como toques algo se te va a caer el pelo, la buena de Bianca encuentra la figura que le falta a su hermano para su  juego coleccionable favorito (haceos una idea, un Magic con figuras de dioses griegos), provocando que se despierte el guardián del sitio, un prototipo de  Talos, un gigante hecho de bronce. Aprovechando su defecto, Bianca se mete dentro del robotocho dirigiéndolo hacia unos postes eléctricos. Talos cae fulminado, pero Bianca también, y le da la figura a Percy para que se la entregue a Nico.

Corriendo para la siguiente parada, la presa Hoover. En medio de una refriega con esqueletos, Percy se encuentra con Rachel, una chica que puede ver a través de la Niebla. La chica, con un aplomo de la ostia, engaña a los esqueletos para que vayan en una dirección equivocada, mientras Percy usa la ocasión para reunirse con el resto y caer en otra emboscada. Rezando a Atenea en busca de una idea para salir de esta, las estatuas de ángeles de una terraza de la presa cobran vida y se los llevan a San Francisco. Podrás decir que es una salida Deus Ex Machina de las fáciles. Pero es que estamos hablando de dioses. Más apropiado que eso no sé qué puede ser.

Allá buscan a ayuda del padre de Annabeth, quien tras discutirlo les deja un vehículo (je, jeeee, jejejeeee) para llegar de una sacrosanta vez al rescate. El destino, es el Jardín de las Espérides, donde Zoe se encuentra con sus hermanas y es mordida y envenenada por el dragón  Ladon mientras intenta ayudar a Percy y a Thalia a pasar. Continúan hasta el Monte Tamalpais, donde ahora está la capital Titán ahora, el Monte Othrys. Y en lo alto del monte, está Artemisa cargando con la maldición de Atlas (es un titán, guiño, guiño) que es “el General”, y Anabeth amordazada y esposada, mientras Luke la tiene de rehén. Como la profecía de turno (la de cada misión, no la del “elegido”) lo dijo, Percy le echa un par y sustituye a Artemisa cargando con la bóveda celeste. En el intercambio de hostilidades subsiguiente, aparece el padre de Annabeth en un Sopwith Camel (?) y soltando ráfagas de balas hechas de bronce celestial, para eliminar a los monstruacos que han hecho pupita a su nena. Y a sus amigos.

En el combate Atlas, trinca a Zoe, su hija, y lo que le hace no tiene nombre (vale que se hace odiosa, y pesada, y engreída y demás, pero eso es demasiado cruel hasta para el autor, joer). Artemisa engaña a Atlas para que sustituya a Percy. Y entre lo de Zoe, y la decisión de Thalia, se van al Olimpo donde se hace la votación que decide el curso de la guerra contra Cronos, y deciden qué hacer con el ternero-serpiente.

Al regresar al campamento, tras el briefing de rigor, y dejando a un lado el tema de Tántalo, Percy se dirige a Nico para darle la figura y la noticia de la muerte de su hermana. Nico no se lo toma nada bien, y hace semejante movimiento que deja a Percy con la boca abierta. No diré cual, pero tiene muuuucho que ver con la figura de marras.

Toda una novela de persecuciones, peleas, y nubarrones de tormenta que se avecinan. Con poca o ninguna paja, personajes que (dentro de lo que cabe) te puedes llegar a creer y una capacidad de enganche que hace que como lo pilles una mañana no lo dejas ni para comer hasta acabarlo.

“Certeza de muerte. Mínima esperanza de éxito. ¿A qué esperamos?”
Gimli (John Rhys-Davies)
El señor de los anillos: el retorno del rey 

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